¡No se puede ver nada!, ¡Acerquémonos más!- gritó un hombre. No, mejor retrocedamos, que aún hay tiempo...- susurró otro con una voz temblorosa y casi entrecortada. Eran ya cerca de la media noche de un Diciembre monótono, y la niebla acechaba por doquier. Cada vez se hacía más espesa y resultaba casi imposible divisar algo entre las enormes olas que parecían ser una manada de gigantes luchando con un aire de superioridad y competencia, ente sí. El pequeño barco se encontraba sólo, en medio de aquel cruel e inesperado océano, y sus tripulantes, incluyéndome a mi por supuesto, desesperados.
Nadie sabía lo que era exactamente y las ideas de mis compañeros para salir de aquel estremecedor embrollo se desvanecían, al parecer no restaba si quiera una pizca de esperanza. Mis latidos se volvían cada vez más fuertes al acercarnos a esa siniestra isla, a la cual nos había llevado el impredecible océano, y las gotas de sudor que comenzaban a resbalar de mi rostro a pesar de aquel frío infernal, se tornaban más gruesas y sustanciosas.
Al llegar, mi vida se veía acabada. Nunca olvidaré aquel aroma, ese olor que hacía enloquecer a algunos y espantar a otros, ese olor un tanto afrodisíaco que llenaba el ambiente y lo tornaba de una infinidad de colores marrones y negruscos. Podía ver pasar en ese momento una bandada de recuerdos que atravesaban mi mente como una flecha entorpecida buscando un blanco. En mi cabeza se reflejaban alegres experiencias en la granja de mis padres, “¡oh qué tiempos aquellos en los que solía correr y deslizarme por la cerca que encerraba el fabuloso establo de mis caballos, qué tiempos aquellos!”. Me veía frustrado y asustado, al igual que todos mis compañeros, que tambaleando sus rodillas preguntaban: ¿Dónde estamos?, ¿Cómo se llama esta extraña isla a la que hemos venido a parar?.
Empezamos a inspeccionar el aterrorizador lugar. ¿Cómo fue que un simple viaje de pesca nos llevó a terminar en este grave apuro?, ¿Cómo fue que un día que parecía ser perfecto se volvió un amargo problema, del que ahora era casi imposible salir con vida?- me preguntaba a mi mismo con inmensa tristeza. Sólo me quedaba tener fe, sólo me quedaba la esperanza de que había un Dios cuidándonos, ojalá eso hubiese sido suficiente.
¡Qué dolor aquel cuando descubrimos que nos encontrábamos en el Triángulo de las Bermudas!, qué sensación de ahogo aquella que se producía en mí al escuchar los lamentos desesperados de los demás tripulantes. Imaginé toda una gran cifra de vidas echadas a perder por un simple error de navegación, ¡qué estupidez!. Toda una serie de personas muertas, por haberme quedado dormido mientras conducía el barco hacia una zona rica en peces, ¡¡¡sólo por mi culpa!!!. No podía más, pues esta me apuñalaba, al igual que un cazador despedazando a su presa. Decidí darme muerte antes que los demás me la quisieran dar.
Siempre pensé que la peor forma de morir implicaría tortura lenta y desgarrante, fue con esta idea que decidí adentrarme al mar, lanzarme a la deriva y dejar mi muerte al querer de Dios. Así lo hice, me encaminaba flotando rumbo a marea alta con una tabla de balsa como mi única compañera. Pasaron largos días y oscuras noches, mis manos arrugadas como pasas de un viñedo se encogían cada vez más y la brisa parecía golpearme en mi rostro como si fuera mi más grande enemiga. En aquel instante, algo inesperado sucedió, ¿era eso lo que yo creía que era?, ¿acaso era algún invento de mi imaginación?, ¿eran talvez puras ilusiones o simples espejismos? No, desgraciadamente me equivocaba.
Una luz encegueció mis ojos, no lo podía creer, parecía imposible. Un gran barco se acercaba a mi costado izquierdo. Tenía los colores más brillantes y fulminantes que jamás había visto en mi vida, qué parecido que tenía con aquel vasto y profundo arco iris, con el que soñaba de niño, y que ahora sólo podía imaginármelo. ¡Cuan grande fue mi desilusión y tristeza al encontrarme dentro de ese barco!, ¡qué ironía aquella en la que el deseo de dejarme morir, fue reemplazado por una nueva oportunidad, qué ironía!.
Es así como cuento esta historia, y es así como acaba. A veces me detengo por unos minutos y pienso en las vidas de todas aquellas personas, que por un simple error, mi error, seguramente yacen ahora en ese campo de rosas, en donde todas las almas se reencuentran y forman una sola, en donde sólo se percibe felicidad y armonía, lejos de ese tormento y angustia que eran las islas. ¡Nunca olvidaré aquel aroma, ese olor que hacía enloquecer a algunos y espantar a otros...!.
Cristina Maria Guerrero Pat*
Cristina Maria Guerrero Pat*
1 comentario:
Me encanta como escribes!!! deberías seguir haciendolo! este podría ser el primero de textos que no puedan dejar de leerse en un futuro ;)
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